Economía
Martes 9 Febrero 2010
28/07/2009 ADRIÁN FONCILLAS
Una turbamulta de trabajadores amenazados con perder el empleo mató a golpes a un empresario en la nororiental provincia de Jilin. El desasosiego por el paro rampante ya se ha canalizado violentamente en China antes mediante manifestaciones y secuestros temporales, pero es la primera vez que acaba en la muerte de un directivo. El desencadenante del tumulto fue el anuncio de despidos masivos en Tonghua Acero y Hierro, una compañía estatal que se halla en medio de un proceso de fusión con otra privada, Jianlong Acero. No ha sido un buen año para la industria metalúrgica en China, principal productor y consumidor mundial. Pekín intenta adelgazarla para incrementar la competitividad, a menudo con despidos y recortes de sueldos que no son bien recibidos por los trabajadores.
Las últimas subidas del precio del acero eran la primera buena noticia que recibían en años los trabajadores de Tonghua, en su mayoría accionistas. Así que cuando les dijeron que 25.000 de los 30.000 serían despedidos en tres días, el optimismo mudó en violenta frustración. Chen Guojun, director general de la compañía, fue golpeado hasta morir tras anunciar la noticia. Chen era escasamente querido por los trabajadores desde que se supo que su sueldo ascendió el año pasado a tres millones de yuanes (300.000 euros), cuando los jubilados se iban con indemnizaciones de 200 yuanes (20 euros) por mes. Después de masacrar a Chen, miles de trabajadores cortaron carreteras y la vía del tren, detuvieron la producción, impidieron la entrada de ambulancias y se enfrentaron con la policía.
La rendición llegó a primera hora de la mañana. El Gobierno de Jilin anunció que posponía indefinidamente la fusión empresarial. Esta era la segunda vez que Jianlong Acero intentaba comprar a Tonghua. Ambas son pesos pesados: la primera ocupa el puesto 158 de la clasificación de compañías chinas; la segunda, el 244, con una producción de 7 toneladas de acero anuales.
La producción china ha pasado del monopolio estatal a la preminencia privada, y con ello se han perdido los derechos laborales maoístas. Hasta no hace tanto, la unidad de trabajo destinaba a los chinos a una empresa, que le suministraba la vivienda. Era el tazón de acero de arroz, un mínimo para la supervivencia asegurado a todos. El proceso de privatización ha dejado a millones de trabajadores en el paro, muchos con edad avanzada, escasas posibilidades de encontrar otro empleo y subvenciones misérrimas. Ese era el panorama que se les presentó a los miles de trabajadores de Tonghua antes de moler a palos a Chen.
La crisis de las exportaciones ha disparado el paro en el gigante chino, golpeando tanto a los más privilegiados (siete millones de universitarios buscan empleo) y como a los tradicionalmente desheredados (20 millones de inmigrantes rurales de la China del interior han tenido que regresar a sus casas tras el cierre de fábricas). El número de conflictos laborales aumentó el año pasado hasta los 237.000 y afectaron a 1,2 millones de trabajadores. Supone un crecimiento del 98% respecto al año anterior, según la Oficina Nacional de Estadísticas.
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